miércoles, 26 de enero de 2011

Ohhhhh, la piscina en Wimbledon.

Hace unos años, cuando era un jovencillo de buen ver, vivía en Londres. Para ser exactos, en el barrio de Wimbledon. Estaba estudiando inglés. Bueno, eso es lo que pretendía, mejorar mi inglés, pero desde luego soy sordo para los idiomas. ¡Se me dan fatal! Pero te aseguro que no fue un año perdido. Fue una experiencia muy grata.

Lo mejor no fue mejorar mi inglés, ni la experiencia de vida que da estar fuera casa, ni ser independiente o valerme por mí mismo. Lo mejor de mi año en Londres fue mi despertar sexual..... sí han leído bien, mi despertar sexual a los 25 tacos... ¡qué fuerte!... bueno, más que sexual, homoerótico, porque soy un "cagao".

Siempre he sido muy fijón. Lo miro todo y me quedo con todo, y por eso me pasa lo que me pasa. Les cuento.

En Londres decidí ir al gimnasio para mantener mi cuerpo duro y atlético. Lo malo fue enterarme del precio. Un horror, no me lo podría permitir. Por lo que decidí un sucedáneo, ir a la piscina y nadar, como mucho, dos veces por semana. Más económico y asequible y, además, me recordaría a cuando era un niño federado que iba a competiciones.

Imagínense, típico polideportivo de barrio, con su gym, con sus salas de actividades y con su piscina. Gente de todas las edades y tipo. Vamos un sitio lleno de ingleses entre lechosos y rositas en toda regla.

Pues empiezo a ir a natación y después de mis duros largos en la piscina, toca la ducha con agua calentita. El vestuario era raro. Tenía dos plantas. Arriba los lockers, abajo las duchas, que estaban divididas en dos estancias. Una al principio, justo al lado de la salida, y otra al final. Estas últimas eran las mejores porque el agua salía más caliente y abundante. Era una gozada sentir el agua resbalar de la cabeza a los pies, después del duro esfuerzo.

Todos los martes y jueves repetía el mismo ritual. Clases de inglés por la mañana y después a la piscina. Y en este ritual estaba yo, cuando me percaté de movimientos extraños en las duchas traseras. Al ser menos concurridas y más intimas, pues había gente que tardaba mucho en las duchas, gente más mirona que yo (que ya es mucho decir), gente que se ducha dos veces… raro.

Y cuando algo huele raro, ahí estoy yo para descubrirlo. Y vaya si lo descubrí que me explotó en la cara.

Un día un chico del montón, rubito, con pelo lacio y cortado a lo Beatle en sus tiempos mozos, muy blanquito de piel, pero muy macizo, tardaba mucho bajo el agua. Al lado, otro chico, negro, alto y duro como una piedra, le miraba y le sonreía. Pero le miraba con insistencia, poniéndole ojitos, a lo largo de todo su cuerpo, pero parándose en dos puntos concretos del blanquito. Uno los ojos. El otro el pene.

No puede ser. Pensé yo. ¡Le está mirando el instrumento! No entiendo cómo el negro le mirando la cosa al blanco y éste no le dice nada, es más, parece satisfecho de ser observado y admirado. Al mismo tiempo que estos pensamientos estaban en mi cabeza, un escalofrío de placer recorrió mi cuerpo. ¿Qué está pasando? Mi cabeza no lograba entender lo que estaba pasando. Mi cuerpo sí. Respondió al instante. Tenía una erección como un caballo.

Continuará....